lunes, 10 de noviembre de 2014

De domingos por la tarde. Y lluvia.

Tuve heridas abiertas que nadie supo cerrar.
Tuve, y tengo, cicatrices de algunas que un día consiguieron curarse
para no volver a doler nunca más. 
Un laberinto de emociones que temblaba
cada vez que chocaba con una pared al recorrerlo. 

No prometiste quedarte, pero estuviste. 
No has prometido volver, pero no te veo acercándote a lo lejos. 
Haciéndome temblar de ganas. 
O de miedo.
Es una herida abierta debatiendo entre empezar a sangrar
o querer reconstruirse sin dejar rastro de ella.
Es. 
Ahora sólo es. 
Sin tal vez, ni quizá, ni podría, ni lo mismo, ni a lo mejor.

Buscaría en el fondo de las copas los motivos y porqués
de hasta dónde hemos llegado,
pero siempre acabo olvidando lo que buscaba, 
aunque ni siquiera sabía el qué. 
Ya sabes, así de absurda soy. 

Hablaría con la almohada todas las noches, 
pero acabo cerrando los ojos 
para que sean los sueños los únicos que me jodan. 
Lo siento, sigo hablando mal, 
mis manías no se van. 
Ya lo hizo mi preferida 
y en otras habrá que echar el codo 
para no perder el equilibrio. 

Que cerraría el libro para dejar de pasar páginas 
y acabar tirándolo por la ventana. 
Pero sé que volvería a por ello, 
porque a quemarlo no me atrevo.
Los domingos son un duelo entre quitarme las esposas 
o quedarme con ellas y la resignación de compañía, 
pero no por mucho tiempo, están muy bien cerradas, por suerte o por desgracia 
y hace poco que perdí la llave.
Esos días siempre sonaron a nostalgia, 
y últimamente no veo más que lluvia por la ventana cuando miro. 
Pero los lunes vuelve a ser verano.

Tiempo al tiempo, dijo el sabio. 
Poco a poco, digo yo. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario