En ese punto paras, echas un vistazo a tu pasado y abres la puerta a hurtadillas para mirar un poquito el futuro, incierto por supuesto.
Piensas. Y dudas. Dudas. Y piensas. Y así una y otra vez.
Pero mientras sonríes. Hasta que de repente algo en ti se activa y olvidas el pasado y dejas de mirar ese futuro, topándote con tu presente, que eso sí que da miedo.
Pones en una mano lo bueno y en otra lo malo, ¡joder, cuánto desequilibrio!
Entonces sigues, queriendo equilibrar un poco ese desastre, y empiezas a quitar cosas malas, porque al fin y al cabo no son tan malas. Y las buenas te das cuenta de que son demasiado buenas, que son pocas pero pesan más que ocupan.
El desequilibrio se convierte en perfecto. Tan perfecto que no necesitas, incluso tampoco quieres más. Porque todo lo bueno que tienes es tu vida, tus idas y venidas, tus absolutos y auténticos pilares que te sujetan, que te levantan si te caes, incluso en una noche de borrachera y un traspiés con los tacones. Que no te lo dicen pero sabes ciegamente que ahí están, y lo mejor de todo, que te quieren como nadie más lo hará.
Yo me quedo con mi desastre, con mi presente y con mi desequilibrio perfecto.